XII. El amanuense entra en esta historia
Oh, tú, amigo marino y comerciante
que sabes, con un cálamo, fijar,
sobre una lisa superficie, ideas:
Viajando de regreso a tu país,
cambia tu rumbo a Troya. No es posible
creer que Ulises, rey de la mentira,
como excepción sí dijo la verdad,
al contar que en las cóncavas entrañas
de un enorme caballo de madera
invadió y destruyó la fuerte Troya.
(Acertijo: ¿Qué había en la barriga
del caballo, tras esconderse Ulises?
Habría, comoquiera que lo mires,
una asquerosa mierda de caballo.)
A Príamo, o a otro que, hoy, sea rey,
entrega mi poema; Sus rapsodas
lo canten en sus fiestas. Rían, todos,
al oír los embustes y fracasos
de su enemigo derrotado, Ulises.
Por anchas avenidas de la Historia,
llevaré bien atado al perro Ulises,
sujeto a mi cadena. ¡A tí, maldito
perro Ulises, en esas avenidas
de la Historia, te emplazo y te requiero!
Arrancaré tu falsa piel de héroe,
exhibiré, en el ágora, el trofeo.
Cuando todos recuerden con desprecio
tu nombre; cuando Ulises sea el nombre
de un canalla asesino, y no de un héroe,
será como si yo, Femio Terpíada,
en mis labios, el nombre de Clifila,
con mis manos, hubiera ahorcado a Ulises.
(¡Oh, Clifila, que tánto amor me diste,
que tán poca venganza puedo darte!)
Y tú, amigo marino y comerciante,
disimula que llevas, en tu nave,
mi verdadera y peligrosa historia.
Haz que parezca asunto indiferente,
que no despierte el interés de nadie.
Porque los sicofantes no descansan,
y podrían pedir a algún cretense
que descifre, para ellos, el poema.
Prudentes, defendamos nuestras vidas,
y zarpe mi poema hacia la historia
en tu nave de los alados remos.
La brisa de la tarde me lo ha dicho
al oído: Que van a ser propicios,
los vientos, desde Ítaca hasta Troya.
Intento sonreír, pero no puedo.